Mireia Portero es docente de Educación Primaria y jefa de estudios, además de formadora de profesorado y docente universitaria. Está especializada en metodologías activas, competencia digital docente, inteligencia artificial aplicada a la educación y liderazgo educativo, ámbitos en los que acompaña a centros y docentes en procesos de innovación y mejora pedagógica.
Su trabajo ha sido reconocido recientemente en los Premios EDUCA ABANCA – Mejor Docente de España en la categoría de Educación No Formal, un reconocimiento que nace de la propuesta del propio alumnado.
Conversamos con ella sobre innovación educativa, creatividad en el aula, el papel de la tecnología, la inteligencia artificial y los retos de enseñar en un mundo cada vez más digital.
En los últimos años se habla mucho de innovación educativa. Desde tu experiencia en el aula, ¿qué significa realmente innovar en educación?
A menudo cuando hablamos de innovación educativa pensamos inmediatamente en herramientas nuevas o en cambios muy visibles, pero en realidad innovar en educación tiene más que ver con la mirada pedagógica que con los recursos que utilizamos.
Desde mi experiencia en el aula, innovar significa replantearse cómo aprenden mejor los alumnos/as y diseñar experiencias que favorezcan un aprendizaje más activo, significativo y conectado con la realidad. No se trata tanto de hacer cosas completamente diferentes, sino de mejorar aquello que ya hacemos para que tenga más sentido para el alumnado.
Innovar también implica reflexionar sobre la propia práctica docente. Preguntarnos si lo que estamos haciendo realmente ayuda a los estudiantes a comprender, a pensar, a crear o a desarrollar habilidades que les serán útiles en el futuro.
En el fondo, innovar en educación es una actitud: mantener la curiosidad, observar lo que ocurre en el aula, aprender constantemente y estar dispuesto a ajustar y mejorar la manera en que acompañamos el aprendizaje.
Muchas veces se asocia la innovación a la tecnología. ¿Qué papel crees que debe tener realmente la tecnología dentro del aprendizaje?
La tecnología tiene un potencial enorme dentro de la educación, pero es importante entender que por sí sola no transforma el aprendizaje. Lo que realmente marca la diferencia es la pedagogía.
La tecnología debe entenderse como una herramienta que puede enriquecer las experiencias de aprendizaje: permite acceder a información de manera más flexible, crear contenidos más visuales, trabajar de forma colaborativa o adaptar actividades a diferentes ritmos de aprendizaje.
Sin embargo, su valor depende completamente de cómo se utilice. Incorporar tecnología sin una intención pedagógica clara puede quedarse en algo superficial o incluso convertirse en una distracción.
Por eso creo que la pregunta importante no es qué tecnología usamos, sino para qué la utilizamos. Cuando se integra con sentido educativo, la tecnología puede ampliar muchísimo las posibilidades del aula, pero el centro del proceso sigue siendo siempre el aprendizaje del alumnado y el criterio pedagógico del docente.
Trabajas mucho con metodologías activas como la gamificación o el aprendizaje basado en proyectos. ¿Qué cambia en el aula cuando el alumnado pasa a tener un papel más protagonista?
Cuando el alumnado asume un papel más activo en su aprendizaje cambia completamente la dinámica del aula. El estudiante deja de ser únicamente receptor de información y pasa a participar en el proceso: investiga, toma decisiones, resuelve retos, crea y colabora con sus compañeros/as.
Esto suele generar un cambio muy visible en la implicación. Cuando los alumnos/as sienten que forman parte del proceso y que lo que hacen tiene sentido, la motivación y la participación aumentan considerablemente.
Metodologías como la gamificación o el aprendizaje basado en proyectos ayudan a plantear situaciones en las que el aprendizaje se vive de forma más experiencial. El alumnado no solo escucha o memoriza, sino que aplica conocimientos, conecta ideas y trabaja habilidades como la resolución de problemas o el trabajo en equipo.
Además, este enfoque permite desarrollar competencias que hoy son fundamentales, como el pensamiento crítico, la creatividad o la autonomía. En definitiva, el aprendizaje deja de ser algo que simplemente se recibe y pasa a ser algo que se construye.
La motivación del alumnado es uno de los grandes retos actuales. ¿Qué estrategias funcionan mejor para despertar la curiosidad y el interés por aprender?
La motivación está muy relacionada con el sentido que el alumnado encuentra en lo que hace. Cuando un estudiante percibe que una actividad tiene propósito, que le plantea un reto interesante o que le permite participar activamente, su implicación suele aumentar de forma natural.
Una estrategia que funciona muy bien es plantear el aprendizaje a través de retos o preguntas que despierten curiosidad. En lugar de empezar por la explicación, empezar por el problema o el desafío hace que los estudiantes quieran encontrar la respuesta.
También es importante dar cierto margen de autonomía. Cuando el alumnado puede tomar decisiones, explorar o aportar ideas propias, se siente más implicado en el proceso.
Otro factor clave es el clima del aula. Cuando los estudiantes se sienten seguros, escuchados y valorados, participan más y se atreven a probar, equivocarse y aprender.
En el fondo, despertar la curiosidad no tiene que ver sólo con hacer las clases más entretenidas, sino con diseñar experiencias de aprendizaje donde el alumnado se sienta protagonista y donde aprender tenga realmente sentido para ellos.
Hoy los estudiantes crecen en un entorno completamente digital. ¿Cómo influye esto en su forma de aprender y qué retos plantea para los docentes?
Los estudiantes de hoy han crecido en un entorno donde la información está disponible de forma inmediata y donde los estímulos son constantes. Esto influye en su manera de relacionarse con el conocimiento, con la tecnología y también con el propio proceso de aprendizaje.
Por un lado, tienen una gran capacidad para moverse en entornos digitales, buscar información o utilizar herramientas tecnológicas con mucha naturalidad. Pero al mismo tiempo, eso no significa necesariamente que sepan interpretar esa información, analizarla o utilizarla con criterio.
Aquí aparece uno de los grandes retos para la educación actual: no se trata solo de enseñar contenidos, sino de desarrollar habilidades como el pensamiento crítico, la capacidad de seleccionar información fiable o la competencia digital.
Para los docentes, esto implica repensar muchas dinámicas de aula. Si la información está a un clic, el valor ya no está únicamente en transmitirla, sino en ayudar al alumnado a comprenderla, contextualizarla y transformarla en conocimiento.
La Inteligencia Artificial ha entrado con fuerza en la educación. ¿Cómo puede ayudar realmente al profesorado y qué precauciones debemos tener?
La Inteligencia Artificial es una herramienta que puede tener un impacto muy interesante en la práctica docente si se utiliza con criterio pedagógico. Puede ayudar, por ejemplo, en la creación de materiales, en la adaptación de actividades a diferentes niveles o en la generación de ideas para trabajar determinados contenidos.
También puede facilitar algunas tareas que consumen mucho tiempo al profesorado, como preparar recursos, estructurar actividades o revisar determinados aspectos de las producciones del alumnado. Esto puede permitir que el docente dedique más tiempo a lo realmente importante: acompañar el proceso de aprendizaje.
Sin embargo, también es importante tener en cuenta algunos riesgos. La IA puede generar información incorrecta o fomentar una dependencia excesiva si no se utiliza de manera crítica.
Por eso, uno de los retos educativos actuales es enseñar al alumnado a utilizar estas herramientas con responsabilidad: saber contrastar la información, entender cómo funcionan y desarrollar una mirada crítica hacia los resultados que generan.
Además de docente, también trabajas formando a otros profesores. ¿Cuáles son las inquietudes o necesidades que más te transmiten los docentes hoy?
Cuando trabajo con docentes en formaciones o talleres, hay una inquietud que aparece de forma muy recurrente: cómo adaptarse a un contexto educativo que cambia cada vez más rápido.
Muchos profesores sienten interés por incorporar nuevas metodologías, trabajar con tecnología o entender mejor herramientas como la Inteligencia Artificial, pero al mismo tiempo buscan propuestas que sean realistas y aplicables en su día a día.
Otra necesidad muy habitual es encontrar estrategias para aumentar la motivación del alumnado y mejorar la implicación en el aula. Los docentes perciben claramente que las dinámicas de aprendizaje han cambiado y quieren explorar formas de conectar mejor con los estudiantes.
También aparece con frecuencia la necesidad de compartir experiencias con otros profesionales. La formación docente no solo aporta herramientas, sino que genera espacios de reflexión muy valiosos donde el profesorado puede intercambiar ideas, dudas y buenas prácticas.
Has sido reconocida recientemente en los Premios EDUCA ABANCA como Mejor Docente de España en la categoría de Educación No Formal. ¿Qué ha significado para ti este reconocimiento y cómo influye en tu forma de entender la educación?
Recibir el reconocimiento en los Premios EDUCA ABANCA como Mejor Docente de España en Educación No Formal ha sido una experiencia muy especial, sobre todo por el origen del premio. En estos galardones son los propios alumnos/as (y en algunas etapas también las familias) quienes proponen a los docentes, y eso le da un valor emocional muy grande.
Más allá del reconocimiento personal, lo viví sobre todo como una confirmación de que el trabajo que hacemos desde la educación tiene impacto real en las personas. Muchas veces la labor docente es silenciosa y sus resultados no siempre son inmediatos, por lo que momentos como este te recuerdan el sentido profundo de la profesión.
También lo siento como un reconocimiento compartido. En educación nada se construye en solitario. Detrás de cualquier proyecto hay alumnado, compañeros, equipos educativos y muchas personas que contribuyen a que las ideas se conviertan en experiencias de aprendizaje.
Y, en cierto modo, este tipo de reconocimientos también generan una responsabilidad: seguir aprendiendo, seguir innovando y continuar intentando aportar valor desde la educación y la formación docente.
En muchas ocasiones se habla de contenidos y resultados académicos, pero menos del clima del aula. ¿Qué importancia tiene el vínculo entre docente y alumnado?
El clima del aula es un factor absolutamente determinante en el aprendizaje, aunque a veces no se le dé toda la importancia que merece. Antes de que se produzca cualquier aprendizaje significativo, tiene que existir un entorno donde el alumnado se sienta seguro, escuchado y respetado.
El vínculo entre docente y alumnado influye directamente en la motivación, la participación y la confianza. Cuando un estudiante percibe que su profesor/a le acompaña, le entiende y cree en sus capacidades, es mucho más probable que se implique en el proceso de aprendizaje.
Además, el clima de aula también afecta a la convivencia, a la gestión de los errores y a la forma en que los alumnos/as afrontan los retos. Un entorno donde equivocarse forma parte del aprendizaje favorece mucho más la curiosidad y la experimentación.
En el fondo, más allá de metodologías o herramientas, el aprendizaje siempre tiene una dimensión profundamente humana. Y ese vínculo entre docente y alumnado es uno de los elementos que más impacto puede tener en el desarrollo de los estudiantes.
A lo largo de tu trayectoria has impulsado proyectos educativos muy diversos. ¿Qué tienen en común las experiencias de aprendizaje que realmente funcionan?
Si hay algo que comparten las experiencias de aprendizaje que realmente funcionan es que tienen sentido para el alumnado. Cuando una propuesta conecta con su curiosidad, con sus intereses o con situaciones más cercanas a la realidad, la implicación suele ser mucho mayor.
También suelen tener un componente activo. El alumnado no se limita a recibir información, sino que investiga, crea, toma decisiones o resuelve retos. Este tipo de participación hace que el aprendizaje sea más profundo y más duradero.
Otro elemento común es el componente emocional. Cuando una experiencia genera sorpresa, curiosidad o sensación de logro, se recuerda mucho más. El aprendizaje no es solo un proceso cognitivo, también está muy ligado a la emoción.
Y, por último, las propuestas que funcionan suelen estar bien diseñadas pedagógicamente. No se trata solo de hacer actividades atractivas, sino de que exista coherencia entre los objetivos de aprendizaje, las actividades que se plantean y la forma en que se evalúa.
Mirando hacia el futuro, ¿qué crees que debería aprender el alumnado hoy para estar preparado para el mundo que viene?
Creo que el gran reto de la educación hoy no es solo transmitir conocimientos, sino preparar a los estudiantes para desenvolverse en un mundo cada vez más complejo y cambiante.
Más allá de los contenidos, hay competencias que cada vez tienen más peso. El pensamiento crítico es una de ellas: la capacidad de analizar información, contrastar fuentes y formarse un criterio propio es fundamental en un contexto donde la información es abundante y no siempre fiable.
También serán cada vez más importantes habilidades como la creatividad, la resolución de problemas, la comunicación o el trabajo en equipo. Muchas de las profesiones del futuro exigirán precisamente este tipo de competencias.
A esto se suma la competencia digital y la capacidad de adaptarse a nuevas tecnologías, como la inteligencia artificial, que ya forman parte de nuestra realidad.
En definitiva, el objetivo de la educación no es sólo preparar para un examen o para una etapa concreta, sino formar personas capaces de seguir aprendiendo a lo largo de toda su vida.
Recientemente has coordinado el libro Más allá del juego: Gamificando de la A a la Z. ¿Cómo surgió este proyecto y qué puede encontrar el profesorado en sus páginas?
Coordinar Más allá del juego: Gamificando de la A a la Z ha sido una experiencia muy especial. El libro nace con la idea de reunir experiencias reales de docentes que están aplicando la gamificación en sus aulas y compartirlas de una forma práctica y accesible para otros profesores/as.
A veces la gamificación se entiende simplemente como “jugar en clase”, pero en realidad implica diseñar experiencias de aprendizaje donde aparecen elementos del juego como retos, narrativa, misiones o progresión. Bien planteada, puede aumentar mucho la implicación del alumnado y favorecer aprendizajes más significativos.
En el libro participan más de veinte docentes que comparten proyectos, ideas y reflexiones desde diferentes etapas educativas. Eso hace que el libro tenga una mirada muy diversa y muy conectada con la realidad del aula.
Además, el proyecto tiene también una dimensión solidaria que para mí era muy importante. Los beneficios del libro se destinan a la Fundación Aladina, que realiza una labor extraordinaria apoyando a niños y adolescentes con cáncer. Poder unir educación, innovación y solidaridad ha sido, sin duda, una de las partes más bonitas del proyecto.
Para terminar, ¿qué mensaje te gustaría compartir con los docentes que buscan seguir innovando en sus aulas?
Quizá el mensaje más importante sería recordar que innovar no significa hacer siempre cosas grandes o complejas. A veces pequeños cambios en la manera de plantear una actividad, en la forma de preguntar o en cómo implicamos al alumnado pueden tener un impacto enorme.
También es importante no perder la curiosidad. La educación está en constante evolución y la actitud de seguir aprendiendo, explorando y compartiendo con otros docentes es una de las claves para seguir creciendo profesionalmente.
Al mismo tiempo, creo que conviene no obsesionarse con las modas educativas. Cada aula es diferente y lo más importante es adaptar las metodologías y las herramientas al contexto real de nuestros estudiantes.
Y, sobre todo, no olvidar que el centro de todo es siempre el alumnado. Más allá de metodologías, tecnología o recursos, la educación tiene que ver con acompañar, inspirar y ayudar a cada estudiante a descubrir de qué es capaz.
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